Viva Suecia

Algunos tenemos fé

Escribir sobre Viva Suecia es innecesario, su trabajo lo dice todo. 

Nadie podría añadir mucho más a los tres tremendos conjuntos de canciones que han editado hasta la fecha. “La fuerza mayor”, “Otros Principios fundamentales”, “El Milagro”, son los títulos genéricos de sus tres discos, de una impetuosa fuerza arrolladora, un descomedimiento arrebatador, una vehemencia ciega casi fanática. Enrolarse en la intensidad de su música es como inyectarse un pronto de ira auténtica, que se intensifica en el directo. 

El grupo murciano de tifones guitarreros, entre riff y riff, deja una elipsis de tiempo y espacio a quien los escucha, como si en las canciones nos permitieran adquirir memoria del futuro. Los fragmentos que se eliden, comparecen como elementos que conforman esa memoria del futuro. Lo que se elide con eficiencia es al sujeto, y, a todos sus defectos, al pronombre. 

Elidir al sujeto supone que se le presupone como centro de todos los desafectos, la capacidad de no sentir por el mundo de las personas y las cosas la cercanía debida. Lo que vendría a equivaler a vivir el conflicto, en el vórtice mismo de lo que importa, puro aire, subrayado con ese guitarreo enervante. El yo y su pronombre han olvidado todos los propósitos por una fuerza mayor. No es casualidad, por tanto, que tanto el primer álbum como la canción central de este otro, se nombren de la misma manera. Tampoco que, aunque el título sea La fuerza mayor, se anteceda con un “No”. 

Todos los propósitos, que fluyen en todos los trabajos, por elididos, nos permiten escribir sobre Viva Suecia. Fluir es el verbo esencial para describir la música de Viva Suecia. La música fluye como si estos cuatro tipos Rafa Val, cantante, Jess Fabric, bajo, Alberto Cantúa, guitarra, Fernando Campillo, batería, resultasen manantiales de la eterna juventud. Desde Shangi-La, para el mundo. 

Todas las notas que devienen de sus instrumentos conjugados con la voz potente y hermética de Rafa, envuelven de un franco ritmo al mundo contra el fuego que corroe la inteligencia, la belleza y la misma vida (que es a lo que de manera normal la gente denomina juventud, y que pretende que se vaya lo más tarde posible). Lo que está en valor en las canciones de estos murcianos, lo llevan como peso cosido a la espalda, somos hechiceros contra la perdida de esos elementos estéticos. Y este es el gran Milagro, nombre con el que han titulado su último proyecto discográfico, esas once maravillosas canciones que son como una lluvia de fé en las lágrimas que no permiten ver la luz del mar menor. Un prodigio de canciones que, en cascada, nos conducen a la confluencia entre la excelencia y el enajenamiento, lo extraordinario y los estigmas, los amuletos y lo admirable. No podría ser de otra manera, las letras de Viva Suecia suponen la respuesta inusitada del oráculo a no se sabe qué preguntas extrañas que alguien, el otro que nosotros portamos, ha lanzado sin piedad. 

Piedad es el nombre de la elipsis. Piedad se denomina el descuido que se convierte en discusión disyuntiva y de la que, en vez de pedir la política absolución, se busca su afirmación como atajo que nos desatasque. Envolverse en el sincopado ritmo de las guitarras que se despliegan cual velamen en esta imponente navegación épica, es el culto evidente, en el que algunos tenemos fé. Fé, que como se ve, nada ha de ver con la superstición ni con el fideísmo, sino con el equilibrio que proporciona la música y, por ende, las canciones, lo único por lo que merece la pena iniciar una liturgia para que nos proporcione a todos lo que nos merecemos. No estéis taciturnos, que esta elipsis no significa silencio, sino más bien despliegue con disimulo para prescindir de todo aquello que nos omita de la imaginación. La fé que refiere el disco, que no si no, el convencimiento de que siempre se puede aguardar por la verosimilitud entre nosotros y la vida. 

Ese yo que se busca desde la primera canción de La fuerza Mayor acaba encontrando un vórtice donde amalgamar su Vida, la fé d esta manera entendida. No se detiene, que es preciso culminar la ascensión a otros vórtices y queda camino, que no podemos permanecer siempre en la valentía de la barrera. De momento, quedan estos tres trabajos de unidad, que nos alienta a continuar, con la rabia precisa, adelante, a otros vórtices. No hay otra manera de asentar la búsqueda de ese yo, quizá, en este caso, de ese nosotros grupal en Viva Suecia. 

Armemos la búsqueda, nos aconsejan Viva Suecia en su disco, desde los días amables que nos permite la Fé y guiados de un “timón holandés”.

Arde Bogotá

Todo estaba preparado para que sonara en The Cavern, en Aranda de Duero, un grupo nuevo. Nadie sabía nada de su trayectoria y menos su nombre, salvo la salva información de que sólo habían grabado un tema (este mismo que ahora suena en bucle en mis oídos, tan separados del suelo), uno sólo y que había interrumpido el tiempo del tiempo y el inmenso espacio como si se trataran de un suceso en el horizonte del mismísimo big bang. 

Sin nombre no hay descripción posible, así que ellos son Arde Bogotá, son de Cartagena Murcia, y entran mejor por detrás. Arde Bogotá y las cenizas no son un desastre, que son puro amor y futuro. 

Arde Bogotá son Antonio García (voz y guitarra), Pepe Esteban (bajo), J. Ángel Mercader (batería) y Dani Sánchez (guitarra). Y son de absolutos, distintos; y por completo originantes. 

La voz de Antonio, una voz de las que se oyen a la primera y se la nota levitadora. Una voz rasgada en la laringe pero que se clarea en la cavidad bucal, de donde emerge aérea o antiaérea, porque ya ha vencido cualquier resistencia posible a la audición que pudiera insistir en taponar el conducto auditivo. Exacto, hace estallar cualquier obstáculo que, como inconveniente, insistiese en hacernos infelices. 

Una voz que posee memoria del futuro. Allí otras voces se allegaban a cumplir con el trance de siempre, establecer semejanzas posibles con las mismas. Sin embargo, ese estiramiento de la frase en la declinación para que todas y cada una de las sensaciones que desea transmitir la voz se detengan en el aire y se prendan por la totalidad del cuerpo de todos y cada uno de los presentes y los ausentes, una voz que nos alcanza a todos con ráfagas de extraña demora. Una voz que pretende hacer asumibles la piezas de un mismo rompecabezas comprado en distintas épocas y que ha de componerse en el mañana. 

Una voz que trasiega las desgarradas guitarras que lo acompañan en una cascada de aplomo, permitiendo un sedimento de ulteridad que todos nos llevaremos en la suela del zapato, y se esparcirá al mundo. Sin duda, se esta suturando esa brecha generacional que Arde Bogotá pretende resolver, absorviéndola en  su ritmo y envolvernos en el mismo, y que nos entre por detrás, y nadie se quede en el suelo. Saltad, saltad, malditos. Que todos nos alcancemos y evitemos los dardos que esa brecha va esparciendo a su vuelta. Unas guitaras que abrasan a la corta y a la larga, que, aunque retardan la resolución, evidencian que todo lo que subrayan en el escenario no es quimera. Quizá prodigio, excelencia.

Y a estas alturas, todos enajenados por el oráculo que baqueteaba sobre toms y golliat y platos reverberantes, que al fondo nos conducía a todos al transmañana que se halla a la vuelta de todas las brechas, que se han lacrado en esta bodega futuraria. La batería, que relanzaba la voz, que en recirculación, arma a la batería y la juramenta con sus extensiones silábicas y con los mástiles de esas guitarras como amuleto prodigioso.

Son un todo individualizado.

No ha habido final, nos hemos quedado disueltos en cada una de las notas que se han expuesto hoy certeras y que se extendían en la expectante voz de Antonio, una voz con destino en lo que nadie ve, en ese hermético penúltimo riff que jamás se acaba. No ha habido final, ya sin penas, nos vemos nevados con los tiros certeros en el fondo de nuestra conciencia limpia. No ha habido final, extasiados en el magma de la voz que nunca alcanzaremos pero que nos indica que vamos por la senda adecuada.

Arde Bogotá y quedan los rescoldos para que los pisemos y nos tatúe en la piel nuestras canciones son vuestros ángeles. Y no, no podemos equivocarnos.

Mastodonte

No era un día cualquiera, al llegar agosto las melodías puntean los días. No es un lugar cualquiera, allí donde el mundo reverbera con su propio brillo musical, lugar de libertad y fusión, la ciudadanía planetaria expresa, Aranda de Duero, Sonoaranda de Troya, transmutada. 

Es la primer tarde noche de su transfiguración y como ineluctable modalidad de lo visible, la luna llena ilumina a toda alma que se concentra en el lugar de la transfiguración. Al frente de todas estas criaturas, en el escenario se configura la oscuridad, turquesa matriz del mundo. Como un susurro inopinado nos inunda la rotura de aguas sangrienta de la madre del mundo a todos los presentes, inesperado. Un susurro que se metamorfosea en grito indeleble, que se altera en lloro, el renacimiento de una criatura mítica, inalterado misticismo de la Vida. 

Con la sorpresa en la mirada, todos asistimos atónitos, cariacontecidos, a la emergencia sobre las tablas figurativas del escenario de una criatura miticismo místico, un Mastodonte. Hasta la desfiguración que provocaron bajo la luna llena de los incautos asistentes, no los conocía. Comparecían ante el público recién triturado como novedosos y originales en sus planteamientos musicales. Mastodonte, recién eclosionados desde lo ctónico. Mastodonte son Enrico Barbaro y Asier Etxandía, y viceconversa. 

Todo se inicia con este grito ctónico, simple, natural, telúrico, que nos enfrenta con la tristeza del mundo, el hastío que nos rodea en lo cotidiano. En realidad esa tristeza surge con posterioridad a la luminosidad de los cantos de sirena, nos enmudece con su invitación a la lujuria, a la lascivia. Nos enfrenta para convencernos de la necesidad de abandonar ese mundo luminoso, donde se invita a la libertad formal, a lo esente presente, a la ley, a la conformidad, al espacio, al día, a la claridad. Una perfecta invitación a la medida, a lo patriarcal. 

El grito sanguíneo, sanguinario incluso, procura lanzarnos a lo informe, lo monstruoso. La música como estremecimiento de este mundo y senda de sentido a la familia – clan. Fijaos en los tatuajes de elementarismo retroprogresivo que portan los integrantes del grupo en sus frentes, de raíces de socialismo tribal. Escuchad la música produciéndose sobre el escenario de una manera dinámica y cíclica. Un juego de viajes, virajes, huidas, del aburrimiento del mundo colmado de gente enmudecida a través del único y reverente vehículo, la música llevada a la palabra para que reverberé en las cornucopias de los que asisten atónitos al otro lado del escenario, arrobados.

Tras el grito sanguíneo de improvisación melódica,  de renacimiento y no de llamada, se inicia la singladura, una invitación al viaje a través de la potencia material, por la libertad como necesidad, el ritualismo, lo auditivo. La música es el vehículo con el que alcanzaremos nuestro destino, nuestro sentido. Un viaje desde el mundo fluido de la realidad cotidiana, el mundo de la liquidez en aburrimiento, a la esencialidad firme del líquido reverberado por la música, el glacial. Todo sucede en el paso de ese grito sanguíneo caótico de renacimiento al grito coral colectivo que nos liga a una identidad grupal. Un grito estructurado con el que rompemos con el deber, con la disyunción yo/sociedad. Un grito con el que descubrimos el desarraigo en el que nos desencantamos, que nace de la legalidad que nos refugia. Un grito para romper con esa legalidad, con la autoridad paternalizada, la libertad formal. Una llamada a la diosa madre y su amor diferenciado, concreto y asuntivo, no pide nada a cambio. No hay otro igual. Un amor donde se iguala la sexualidad porque es de una sensibilidad ilimitada. Todo verbalizado en una ritualidad sin normas éticas. No hay parentescos, que todo se produce sobre el fundamento de una hermandad de valores transpersonales. No hay valores sólo asociados a la personalidad individual sino surgiendo de lo colectivo, de la fatría. 

Y no hemos hablado aún de la puesta en escena, de la mise en escene. Es una misa sacral de religación con la madre tierra y de ahí, con los demás individuos indistintos. Es un akelarre.

Un akelarre de música y baile, de conversiones materiales. De discrepancias. De vueltas y revueltas. De retornos a lo oscuro, al útero materno, al tiempo detenido. Una búsqueda de lo que nos identifica con lo que delimita, con la idea,con el heroísmo. Danzar la fijación,  el racionalismo, la universalidad para reconvertirlo en elementos no verbales inteligibles a nivel familiar. No otra cosa es este inmediato arraigo a lo musical y a la danza que la destrucción de lo paternal legal para retornar a lo matriarcal asuntivo. Una música que golpea el mundo para no reprimirlo y darlo a quien observa. 

La música de Mastodonte nos envuelve, revuelve, nos incita a combatir a la luz con el estruendo de la danza. Una danza en la que nos abracemos sin tocarnos porque somos un sólo cuerpo. 

El retorno a la madre como divinidad. 

Y la música persiste en la totalidad del concierto, mujer omnipotente, igualdad de sexo, fatrías, identidad grupal, ritualismo, valores transpersonales, existencia concreta, libertad necesaria, que es como la danza que Asier Etxandia genera con su cuerpo verbal actuando como un mastodonte. 

Este devenir de la música y de la danza nos deja exhaustos al final de la noche, nada para en la generación del cosmos totémico. Melodías que emanan de un nuevo par de ojos que miran la vida para hacer fuerte y lento el sentido, el principio femenino de la vida.

La música como el mar que nos invita a nadar/danzar para salir y romper nuestro nombre represivo inidentitario.

A día de hoy, seguimos exhaustos y religados a la voz de Asier Etxndia y como canta él mismo, “desde que probé de ti, ya no puedo consumir nada que no seas tú”. A día de hoy, nos alegramos en un mundo auditivo y dinámico, que decimos entre todos. 

Profundicemos aún más. Silbad. Danzad, sin parar el ritmo. “Arder para ser luz”.

Maidon

Maidon es el proyecto personal del músico soriano Aldan Torres al que contacté través de las redes sociales. Nada sabía de este proyecto, hasta que amanecí en la página https://www.maidon.co.uk, donde dan a conocer su proyecto.

Maidon es un proyecto musical afincado en el Reino Unido, en Londres, en la cuna de la música popular y de sus múltiples desarrollos. Ese es el motivo que me produjo que, al escucharles, pareciese su música un desarrollo apropiado que emergía al mirarse en el espejo de los grupos de esa isla espectacular. 

La claridad melódica de David Bowie enaltecida en las formas suaves y elegantes de Bryan Ferry, la inolvidable humildad de Robert Smith y el eco acústico de los Beatles como una patina de transparencia musical, reverberan en cada canción de este proyecto de Maidon. Una búsqueda de una manera propia de hacer música que, como a Prometeo, le lleva hasta las salvíficas islas británicas desde tierras sorianas, al encuentro de su propia autenticidad y que se encarne en sus canciones.

Claridad, transparencia y autenticidad es lo que destacan en las canciones de este proyecto musical, al que nos encantaría ver en directo, porque seguro que suenan como la flauta de Pan en un día de claro de bosque. 

E inocencia, la misma que demuestra Prometeo en su robo del fuego. Quizá estos años en Inglaterra, haya consistido precisamente en ese robo, perpetrado sobre la historia de la música popular de la isla durante los dos últimos años. Por cierto, con una gran repercusión en las redes. Sus canciones, acumulan más de setecientas mil reproducciones en la red spotify. 

Y originalidad. Tras estos años de aprovechamiento y desarrollo nos inunda melódicas unas canciones originales.

Canciones que se convocan con vocación de razón de ser vital, fundamento y fundación de algo novedoso. Maidon, es genitivo, e indica la materia con la que está hecha una cosa. Me encanta el nombre, precisamente por ello, por esa referencia al fundamento, a la raíz, al cimiento. Consistiendo ellos mismos en cimiento.

“All is on your mind”, es de una simplicidad meridiana, de una claridad aplastante. El juego de guitarras en la mañana, tras la noche, te atrapa de inmediato. La melodía tiene una intencionalidad terapéutica y las letras un veludillo de terciopelo. Envuelve con la elegancia en el vestir de Bryan Ferry. Suena suave pero a la vez consigue que los velos de la realidad vayan desmorándose uno a uno, labrando cendal a la vida misma.

“The waiting”, es una espera humilde por el amor, de una pureza opalina en su melodía, que calca la irrealidad del amor en su hermosa espera. Un estribillo que se clava como la flecha de cupido en nuestros oídos, la completa en su redonda verdad.

“Say no”, es la necesidad de la ataraxia ante esa realidad externa amarga que siempre pretende humillarnos, que nos acosa para que exclamemos habemus dominum, tenemos señor al que alabar. Terrible pero la sociedad actual del siglo XXI, se ha convertido en aquella en la que todos ansían dos cosas, que se le justifique y que se ele alabe. Es preciosa esta canción porque nos expone este hecho y nos da la esencial contestación. No. Di no, recordar a todos estos que pretenden sus gramos de justificación de su reinado, que no es así.

Su segundo EP, contiene tres canciones aún mejores que las anteriores si cabe. 

“London4love” es una canción con el piano marcando el camino, percutiendo a la vez suave y fuerte, para cantar sobre el amor armónico a una ciudad inmarcesible. Las vibraciones de Londres consiguen que comparezca una nueva belleza en las canciones, una resonancia cromática que vibra incomparable.

“Crystal vase”, es el lugar donde se guarda todo aquello en lo que se cree, y se puntea subrayado con la guitarra, para recuperarlo en cuanto se precise.

“Outer space”, la mejor canción, ya que no sólo mantiene claridad y autenticidad, sino que ese coro de niños amplificando el estribillo, es la encarnación de la inocencia musical. Ese espacio exterior donde vivir, donde crear, como cápsula desde donde lanzar las canciones para que todos podamos allegarnos allí. 

Tengo que decir que su música es excelsa por esos toques de autenticidad, inocencia. De inolvidable humildad, esa que pretende decir hasta aquí lo he dado todo, aguardo vuestro disfrute. Nada sería más espectacular ahora misma que poder escucharla en directo, lugar donde se disfruta realmente la música.

Shinova: un toque de prestidigitación

Shinova es una banda de directo emocional, toda la energía que generan va directa a lo más somático y visceral que se halla en nuestro sistema límbico; y despiertan al placer sin espejismos. 

Con la totalidad del escenario sin ellos, sólo con los instrumentos a la espera de que sean ejemplares de participación, de comunión plena y eterna, se pueden intuir las láminas de magia que conmocionaran al bulbo olfativo, que desmoronarán a las encrucijadas, serán pistas en los senderos que conducen a la señal real que provoca la luz a ráfagas de visualidad plena, nos conducirán muy lejos, donde las proezas son carne y hueso.

No los estamos descubriendo, que ya lo lograrón ellos bien repletos de sinceridad, en lo que constituyó su cuarto álbum de estudio, presentándolo en un directo de conmoción, con todas las evidencias, en el año más eclipsado de nuestras vidas, un año de lunas de sangre. 

No los estamos descubriendo, son intensos, transmiten una potencia aumentada por cinco componentes en el área en la que ejecutan sus épicas canciones que es perpendicular a la emoción de quien escucha, de manera tal que al fin y a la postre, se propaga la energía ahí contenida al mismísimo corazón de la Vida en emergente memoria. Suenan intensos, y su música tienen esa cualidad de extenderse hacia dentro, hacia las vísceras, que es lo que tenemos dentro. 

Una música visceral: una música hepática y pancreática, sanguínea y aprovechadora de todos los nutrientes que reposan en la memoria repleta pero caótica de quien escucha. Una música que revuelve y devuelve a la luz a todo el sexo tormentoso que se produce mirando al horizonte inconmensurable desde el cabo Finisterre. 

Una música que nos aproxima a todo lo que se encuentra más allá del fin del mundo.

Ahora tienen magia, prestidigitadores de partitura sin pandereta. Notas de teúrgia en tropel, desenmascarando al tedio. Un arte angélico poblando los garitos cubiertos de polvo y telarañas, proviéndolos de espantanublados. Dadores de abracadabras, de abraxas, creadores de cuadriláteros mágicos para boxeadores, cuyos croches y upercuts son melodías de varitas mágicas nosománticas. Nos umbilican a ellos.

Mezcladores de embrujos y prodigios para crear un bebedizo hechizador de injurias y malevolencias, de impertinencias y desamparos, de padrinismos y alcahuetería. Notas que emergen ya del escenario, que lo ocupan con la solvencia de quien se asienta diestro artista legendario, conjuro contra el mal humor, la mala leche y el desencanto y la dependencia. Melodías contra el oxiacanta.

Ceremonia procesional del ofrecimiento, de la confianza. Ilusión que no es espejismo, una invitación cada melodía a asomarse la buena ventana, en un castillo que no es de naipes. No hay atisbo en sus canciones de errores y engaños. Siempre hay sol en las bardas, un sol que se observa desde el banco más acrobático del cabo Finisterre.

Deleitables melodías que nos aproximan a la fantasmagoría del fin del mundo.

Sus conciertos suponen la extracción del elixir profundo y vaporoso del alma individual, de la conciencia en expansión por el aire donde reside la fuerza vital que retorna al espíritu armónico. Extraer la magia de la realidad, dar visos de verosimilitud a la totalidad alquímica anterior, a la interna irracionalidad impulsiva. Una adivinación poética que se promulga en una navegación profética que se expande en navíos estáticos por océanos intemporales. La crudeza ética de la realidad mágicamente connotada en la épica perceptiva de la inversión cronológica. La presencia intuitiva de la ausencia de tiempo en las relaciones amorosas donde los tiempos del tiempo se entremezclan en la idealidad del pensamiento extremo. 

Sus conciertos tan reales se transmutan en una inversión fantástica y más plena, donde todo es posible más allá de su probabilidad constitutiva. Desde alquilar los paisajes del mundo para acertar con la escena perfecta hasta envolverse en estrellas fugaces para bailar entre las llamas. 

Sus conciertos, entre miradas concedidas desde el espíritu, consiguen destruir la vulgaridad que emergen de los días que todo el mundo idealiza en fotografías sin resplandor. Un grupo con resplandor, que consiguen transportarnos a la luna de agosto, esa que brilla sin reflejo en el océano atlántico, justo ante la punta de oídos. 

Todo es épico entre los redobles de la batería hasta la voz de Gabriel, desgranando un mensaje en el shock de la gravedad cero.

Luces, cámara, acción, sólo es necesaria una sola razón para cambiar el mundo: asistir a la música en concierto de este grupo de épica esplendorosa.

Flanagan de luxe

Creo en Flanagan, no soy un vampiro; y eso que hasta no ha poco lo era. 

Creo en Flanagan, la banda musical que lidera Vic, como voz de pincel que pinta el aura de las personas con su garganta de explosivo y burbujeante esplendor. 

Creo en Flanagan, porque se han dedicado cada día de su vida a hacer aquello en lo que creen y es muy difícil que nadie nunca pueda echar abajo lo que han forjado hasta el día de hoy; y lo que les resta, porque no han construido aún sino las zapatas de lo que van a edificar. 

Creo en Flanagan, sé que no juegan a ser músicos ni a hacer canciones; simplemente, son músicos excelsos y permanecen comprometidos con conseguir excelentes canciones, que nos permitan explorar el universo de las emociones controvertidas.

Creo en Flanagan, el dador de los poemas que se elevan a la libertad que proponen las crisálidas que aguardan sin temporalidad su definitiva eclosión, mientras al resto del mundo, a los que nos detenemos ante su capacidad de detener el tiempo, que nunca es demasiado tiempo, nos guían por las preguntas imprescindibles para poder eclosionar al mismo tiempo que sus notas cuando diluyen el espacio.  Este Flanagan que a través del tiempo y el espacio detenidos, sin prisa, con prosa, se convertirán en Flanagan de luxe.

Creo en Flanagan, y con ellos, en la pista de atletismo que es el mundo, con su música, que convierto al mundo en algo favorable, me rompo en pedazos, porque toda la vida se vive para una única función, no quedarse rezagado y esprintar de forma brutal ante la visión de la meta, pero sólo ante la visión de la meta; para llegar hasta ese instante es necesario reforzar eficientemente la propia integridad. Malditos aquellos que ofertan, con sonrisa de farol, la cima del mundo  en su instante en el que nos obnubilan. Dispara contra ellos las letras de Flanagan y la voz de Vic de la desesperación  monocroma y los planes perversos. De esta manera, aprendemos a no pedir sardinas fuera de temporada.

Creo en Flanagan, en sus canciones escritas en un diario de tapas rojas, donde se guarda todo aquello que a conseguir que el Mundo hierva y se imponga la contundencia de su golpeo rítmico, de sus rasgueos con reverberación de mil soles, ecos de los reencuentros de las risas en cascadas, de la innecesaria repetitividad de ese hoy de engaños: la música de Flanagan consigue hacer explotar las mentiras y deja al embaucador inquieto, a pesar de que éste, modifique hasta el orden del nombre: alfagannn. Venga ya, ¡Flanagan! Así, con todas las letras en su orden adecuado.

Creo en Flanagan, porque no ha vuelta atrás, no hay flahsback mortuorio, hay sólo una necesidad de perpetrar un futuro impresionante pero anclado en los recuerdos de infancia, que consiguen que no te precipites al esplendor del octavo mandamiento.  Sin vuelta atrás, pero pero paso a paso, en la necesidad de observar con adecuada mirada de un niño de ojos abiertísimos, todo lo que ocurre, toda la deleitable modalidad de lo visible, que descubrimos que no es ineluctable.

Creo en Flanagan y os animo a que vosotros así mismo os lancéis a no lavaros las manos para que conservéis las notas de la voz de Vic per saecula saeculorum, la inocencia de su modulación y el tránsito determinativo de su andar con tino y de giro en giro, en plan perverso.

Y siempre por la curiosa manera de ver la realidad. Nunca en la ruindad, en el placer de buscar un eclipse.

Llorente: llenos de gozo

Una celebración de gente corriente, así se ha sentido en el Central las notas suaves y embriagadoras de este banda de detalles sencillos. 

Envuelto en los acordes de soplo de ternura que se aplican en la lisura de la piel que emanan de esta banda, me muevo como la cadera líquida de una mitológica divinidad sin tacha pero excesiva emocionalidad que refleja la sonrisa que abrillanta el aire desde el coro. 

Las impolutas voces que subrayan los acrecentados acordes del violín vigoroso, me narran florilegios de personajes que van de aquí a los días de vino y ron, en un teatro prosaico construido en un cuarto sin ascensor, que habita en un edificio de Reinosa. 

Los espejos del Central reflejan las notas  de unas canciones que contienen las últimas muescas de esas partidas a los lugares que se dejan atrás, amparados en la nostalgia y en la belleza de la casualidad. 

Liturgias compartidas en mundos que giran sin movimiento, cuando la meteorología siempre es verano, donde los viajes se realizan en vehículos compartidos, sobre escenarios que emiten las notas paradisíacas de verbenas que nunca encuentran su finalización.

Notas de esplendor que marcan el rumbo adecuado cuando se derrumba todo lo que fue, notas inmateriales, nada afectadas, que cosen las heridas que nunca sabremos dónde se produjeron ni quién. 

Llorente, la banda, es un ladrón de voluntades con esa querencia a conducir a quien les escucha a declaraciones de amor y construcción de castillos sin arena que se escriben en papel mojado, que se dibujan en la piel de la madre de todos los pecados.

Llorente han sonado en el Central sin nudos y con todos los sentidos repletos del disfrute de quienes les han escuchado con la atención de quien tiene un rol corriente en los baquios báquicos que se repiten sobre el desamor en las gargantas de voces que aún les resta recorrido para sonar tan rasgadas como merecen los epítetos de éntasis que nos obligan a deambular a por un gramo de versos de Dylan tras batallas sin herimientos.

Llorente prometieron que iban a sonar a golpes que vuelven a responder a nuestros retornos necesarios, a ecos de todo lo que ha sucedido en casi treinta años de remover en las cenizas de los deseos, al humo que nunca remite en las hogueras que alguien encendió el primer día de nuestras vidas, al deseo de ganzúas para abrir las puertas de los corazones de aquellos equilibristas que se mueven sobre cuerdas afinadas, cuerdas que se tensan con los músculos del corazón de Cupido.

En el Central hoy, han sonado con divertida nostalgia, en un convite de nieblas, con suspiros de sonrisa luminosa, para ser descubiertos por los que viajaban sin rumbo, Llorente, y más aditamentos que sus canciones de corazón abierto. Un concierto para equilibristas de flores y sin red.

Sólo resta que retornen, al Sonorama.

(Llorente, actuó en el Café Central de Aranda de Duero, hoy, 18 de Enero, y ha convencido con creces)