La magnetización de la inocencia o su “rastro”, en Xoèl Prado – Antúnez.

  • JM. Prado – Antúnez ha sido calificado de muchas maneras en su hacer poético, raro, inusual, complejo, ininteligible…
  • Efectivamente son muchos los calificativos con los que se ha definido mi poesía. No quiero hacer una poesía al uso y con la corriente. Quizá por un espíritu de contradicción he decidido nadar contra la corriente. Busco otorgar a la palabra un valor nuevo, que nos permita, tanto al lector como a mí, modificar sustancialmente el lugar desde el que contemplar la realidad, esta realidad que nos ex – tresa al estresarnos.
  • Y, ¿Cuál es ese lugar?
  • La sur – realidad por supuesto. Un lugar virtual en el que muera la humanidad y renazca el individuo con su propia inocencia y como si propusiera el nombre a las cosas por vez primera. Ese individuo soy yo y es mi manera de hacer poesía e invito a las personas, a través de la poesía, a la superación del complejo de Edipo, a la muerte simbólica de la humanidad, para que se encuentren ante la novedad de la palabra irracional y del asombro.
  • Irracionalidad, asombro…
  • Las cosas dejaron de asombrarnos desde que se inventó el viaje espacial. Nada de lo que hay es capaz de modificar el asombro del hombre. Debemos hacer que el hombre se asombro por otras cosas distintas. Que mejor que el mismísimo hombre, el mismo, su inconsciente colectivo en este caso. Aquello que es deseo, pasión, impulsividad, pero que pertenece a la totalidad de individuos y por ello se convierte en lo in – conseguible, a no ser que rompas las barreras de lo normativo y busques instituir a la palabra de un valor nuevo, distinto, trasgresor. La palabra antes de que fuese hollada por cualquier hombre. Mi poesía intenta buscar y robar la inocencia de quien la lee para hacérsela patente. Es una invitación a un festín y a una orgía lingüística
  • No es muy ortodoxo.
  • Al contrario, deseo romper las ortodoxias y buscar una nueva forma o vía, re – fundacionar los viejos arquetipos olvidados y desgastados de la humanidad. Deseo recoger lo mejor de todo lo habido hasta el momento. Un eclecticismo puro y duro. No olvido y recuerdo que la persona ecléctica es aquella que se quiere quedar con lo mejor, lo más propio entre lo que queda a los extremos, la inocencia.
  • Pero, no me ha quedado claro de que van sus poemas…
  • Intento que mis poemas hablen del deseo, por supuesto, del fracaso, por supuesto. Pero no desde el deseo y el fracaso. Mis poemas hablan del agua que se desborda de un vaso, por ser metafórico, pero no en cuanto estuvo en el vaso, sino en cuanto que es agua desbordada y rodea al vaso. Quizá pudieran hablar de la huella, del rastro que queda en ella cuando era una gota en ese vaso y a punto del derrame, pero ha perdido el contexto. Huella y pérdida, poesía del rastro. La poesía que intento realizar habla del rastro de carmín en una taza de café cuando ya no hay a quién achacarle el rastro. Hablan del lenguaje para hablar del rastro de carmín que rodea la taza de café. Hablan de la incapacidad de hablar de todo.
  • -¿Cómo construye sus poemas, es lo que deseo saber?
  • Desde la total improvisación, como una sesión de jazz, como en una “jazz – session”. Las palabras van surgiendo improvisadamente, espontáneamente, sin conciencia de su ligazón, de su “hilvanamiento”. Las palabras son como los instrumentos, cada una con su música, y las permito entrar cuando lo desean y quieren, sin limitaciones sintácticas o semánticas. El resultado final, con su concordancia o su disonancia, con su reflexividad o ironía, con su eroticidad o su “envelamiento”, lo pondrá el conjunto del libro, el lector cuando lo escuche. Es preferible que este lector lea en voz alta y escuche, se escuche, como si asaltara territorios abisales sin uniformidad, con pies de plomo quizá, y se sienta incomprendido en ese espacio, como el propio autor e intente salir por el único resquicio de esperanza que queda…
  • ¿Qué es?

–  Debe leerse el libro

  • Ha repetido en varias ocasiones inocencia…
  • Me gusta esa visión del hombre como un ser de inocencia, de bondad absoluta, que haga lo que haga no hay culpabilidad porque todo lo hace para volver al origen de la vida. Al origen mismo del nacimiento de la palabra. Me gusta definir mi poesía actual como un atraco a inocencia poética alevosa.
  • Por qué no es usted más entendible, por favor, que todo el mundo le achaca la inteligibilidad…
  • Lo sé, que es uno de los sambenitos que me han colgado, un prejuicio. Creo que es un prejuicio, sin más. La inteligibilidad surge, a mi modo de ver, de la propia materia a poetizar, ese rastro que busco en la realidad. Una vez dije que pretendía recoger la imagen que ve una pupila cuando desaparece el objeto que la produjo. Y no quiero privar al lector del asombro en la lectura, de la dificultad de leer. Hablar de la facilitar al lector la tarea de leer, me parece demagógico. No quiero escribir primero y deglutir mi escritura como lector para volver a escribir lo que creo que se debe entender y dirigir la lectura por mis propios derroteros. Para eso, ni se necesita un lector ni uno se desenvuelve como escritor. Sería otra cosa… un comentador de textos.
  • Entonces, su poesía es improvisación, espontaneidad e inocencia…
  • Esas tres palabras van amalgamadas en mi poética o son el fundamento de mi poesía. Escribir desde la improvisación, permitir que acceda la espontaneidad y dote de sentido al “palabreo”, y que la inocencia quiera manifestarse a través de ello. Existencial.
  • De usted ha dicho Leopoldo de Luis que es “un poeta verdadero que construye destruyendo, que es la manera más fecunda de otorgar valor a la palabra”.
  • Agradezco enormemente las palabras de Don Leopoldo de Luis, que es un gran poeta. Las acojo desde la más absoluta humildad, porque a mí me falta recorrer un gran camino para llegar a la mitad de altura de ese gran maestro, maravilloso, al que aprecio y profeso un cariño enorme.  De igual manera que agradezco el prólogo de Xulio L. Valcárcel, en el que se nota el cariño que me tiene. De igual manera la excelente portada del pintor arandino Máximo López Vilaboa, un gran pintor. 
  • En qué trabajamos ahora…
  • En la corrección e infinitas relecturas de un nuevo libro que lleva un título definitivo de “Perdurablemente anfetamínico”, publicado por la editorial Gran vía, y en el libro “La vida en sus rodajes“, publicado por la editorial Vitruvio y en ser feliz aceptando la vida con un sí eterno, como quería Unamuno. Que sólo se muere una vez. Y sin olvidar que aparecerá la novela “El sofá de Claire” este otoño, publicado por la editorial Adarve.

Veintiuno

Veintiuno, el siglo en que nos toca vivir, el peso específico del alma, el tiempo en el que puedo mantener la atención puesta en algo (que no sea la música, claro), el ideal de duración de una siesta, los minutos que durará una conferencia sino deseo que todo el mundo bostece, el número de días que tarda en incubarse el ébola y los superas, no lo tienes, el número de días  precisos para adquirir un nuevo hábito (que nunca confecciona monjes), la seis caras de un dado suman veintiuno y es el número de la suerte (no el azar), es el número de premios nobeles españoles, de las letras del alfabeto latino, el numero de letras que componen la palabra más larga en español: “electroencefalografía” (¿tenía que ser esta precisamente), son los segundos que tardan de promedio los mamíferos al orinar y el número de órganos que tiene el cuerpo humano, las semanas que tarda el feto en saber respirar por sí mismo, la edad en la que se alcanza la madurez fisiopsicológica, es los centímetros del pene en erección, es el cromosoma más pequeño del cuerpo humano, el concierto de Mozart más conocido y reconocido, es la paz, el bienestar, la serenidad.

Y es el nombre de la banda que más impacto me ha provocado en directo este año. 21, veintiuno, una banda conformada por: Diego (solista y guitarra), Pepe (batería), Yago (bajo) y Álvaro (guitarra) y que procede de Toledo, como las espadas y los pasteles de yema y gloria. Mucha gloria. Y mucha yema que untar en sus canciones. Siempre que los oigo, me imagino pan en mano y ciento untando y que resbale eróticamente por los entresijos del cuerpo las corcheas de su ironía. Y tanta aliteración: harinear en el aljibe de sus letras, en su arisneo de áspides semovientes,  que retozan en la luz de sus apliques, y alcanzar, a riesgo de arder, me arriesgo, el arrabal del milenio, el más allá del más allá de la fosforescencia.

El grupo de mezcolanza espiritual, tres estilos y una única música que nos pone cabeza abajo y nos reescribe las sinapsis cerebrales, ya tiene en el mercado dos discos y medio. Nada parecido, igual que ellos. Gourmet, en lo que te pervierten al escucharlos. Y esas sesiones pijamas (“pijamasesions”), como salvavidas del confinamiento. Ellos mismos son, con su música, una sesión de salvación musical. Los supongo capaces de tocar hasta sorber todos los icebergs que en el mundo serán. Una salvación que nunca llega, porque el camino del mismo es cismundano, no trasmundano. Todo lo bueno está más acá del mundo y no más allá. Es inútil pretender alcanzar la felicidad en el más allá cuando el más acá es donde alcanzamos lo exhausto.

Esa espiritualidad musical nos conduce por los senderos del ansiedad la impulsividad y la energía. Es una música de pureza cien por cien, sin cortar. No está adulterada con químicos ordinarios. Enredados a su música, nos suscita esa sensación extraña que le acontecía a quien se encaminaba al norte por el noroeste, que ganaba en intensidad en su identidad: incluso que adquiría identidades que añadir a su identidad manifiesta. Esa ansiedad de ser mil seres que conservan su propia  manera de ser: que nada poseen y todo lo tienen; y no es esclavo de sus deseos. Si algo se aprende de vivir cabeza abajo no es sino que los deseos no fortalecen, no dan impulsividad. Entre otras cosas, porque los deseos son importados de lo transfigurado, de los transmundano. Ya sabéis, del más allá. Los deseos son de los otros, nunca propios. ¿Te atreves a estar? Dijo Goethe que él construyó su casa en nada, porque todo le pertenecía. La impulsividad es fortaleza, ganas de estar más acá. La nada existe, es el cismundano estar, lo que otros han denominado “underground”, por debajo de lo terrestre. Y la energía, que nos mueve,  nos detiene. Esa energía que para desplazarte de lugar, es lentitud absoluta, ganas de apreciar el resultado de la creatividad inoculada al mundo, para recrearlo.

Esa ansiedad de la que se habla es aquella que nos explica el verbo “to funk”, pánico. Toda victoria, todo acierto, aunque fuera la mas certera, a la diana y en su centro, no deja de ser sino un fracaso del deseo, del anhelo. Lo denota sus canciones, el pánico, pequeñas habitaciones donde se muestra toda la ebullición creativa, donde se siente a gusto el oído no forzado a la melodía pero en cada nota esa precisión por el horror vacui al mal-logro o la decepción. Funky, funky.

La impulsividad, ea hetereofonía oscilada y espiritual, que se imprime en las pies y te obliga a ponerte en camino o no detenerte ante nada. No hay miedo. Es curiosa esta impulsividad del soul, del gospel, que habla de la necesidad de romper con todo lo que nos circunda, y vivir sin que nada te impela a realizar cosas salvo tu mismo. Y creerte a ti mismo: un encuentro con todas las posibilidades de ser del mundo y con los otros, fuera de la ferocidad del rebaño, por supuesto. La impulsividad del jazz, que es plenitud de improvisación:  innovar sobre lo dado. No es ha de extrañar que veintiuno prepare las canciones, las revise, repase, para que resuenen innovadas en cada contexto concertado.

Y la energía que propone el Blues, una necesidad de no parar de tocar, de fundirse con la música, de ser la música. Introducirse en la canción para ser la canción. Dopamina para los oídos: no hay libertad sin diversión, no hay diversión si no se expresa la realidad fuera de los tapujos. Fuera los paños calientes. Nunca llegaremos a nada. Somos los que se acuestan con todas las otras. Se puede contar la certeza a falta de una buena verdad: o quizá sea complicado aceptar que hay una verdad a la que otorgan certeza los demás, o que todo comenzó con tu nombre, se enredó entre tu nombre y el ruido que provoca airearlo en el mundo. Energía para invocar a aquellas almas despiertas capaces de enardecerse con los colores de los versos tontos.

Veintiuno, la pureza de la música con efectos secundarios, de los que no pretenderemos curarnos. Veintiuno, impulsividad, energía, y pánico, mucho pánico. Veintiuno, exquisita melodía estereofónica para oídos gourmet. ¡Qué bueno que se crearon! 

Sonorama Ribera: ni límites ni fronteras ni banderas.

I

Uno a todo se acostumbra, por cierto. Siempre en estas fechas, vecinas a la celebración del festival Sonorama Ribera, emergen de sus madrigueras de invierno aquellos que, con la boca presta, se aprestan a apresar con sus bocas, a que quien cree que es presa fácil, aquellos que organizan el festival. 

Con la incorrección patética como cuchillo degollador, pretenden lanzar críticas devastadoras, que hiendan como afilados instrumentos de matanza y acaben con la celebración del mismo con efecto retroactivo/reactivo. Recuerdan al psicópata delato de las comedias americanas, que a nada que lo precien, extrae su instrumental básico de tortura y se afana en su disoluta labor compulsiva. 

Aunque a todo se acostumbra uno, cansa. De repetitivas lenguas, como las flores de los almendros, el tiro de Hitler a su sien ensangrentada o el piolet de Satanlin en la mano de un Mercader que no recibirá su latigazo jesusítico. Por cansinos labios, reposados en una laguna de aguas podridas, surge de la saliva verdosa de quien undefinedmenea el palillo como su rencor. 

Aunque sea la costumbre la esencia que nos define, se precisa, en este caso, hacerla añicos, y no propiciar que se propaguen estas críticas de mala baba. De repetitivas, acabarán por fundar la verdad, si no ya. 

Que si oyeseis las críticas, las de siempre, sólo pretenden el protervo pasado de ese uno por ciento que se adoran a sí mismos, como la esencia del mundo. 

Críticas que se esparcen por doquier, por ese “quítate tú, para ponerme yo”, propio de los caciques que suponen que la esencia de un lugar reside en lo viejo y ancestral y nunca en lo nuevo, aunque monumental. 

No otros son los que así se abalanzan sobre la organización y gestión del Sonorama Ribera, que aquellos herederos de los anteriores caciques, que creen que tan sólo ellos se hallan en posesión de la verdad auténtica y duradera, y que otras formas de realidad sólo se generan para finiquitar lo viejo y ancestral. Aquí veis el fundamento de toda esta desarmada crítica imposible. 

El Sonorama Ribera es la delgada línea que destruye su estrecho mundo de lo viejo y repleto sólo de fantasmas ancestrales. Los fantasmas que pueblan el imaginario fagocitador, como cartuchos de dinamita prestos a volar todo lo que suene a novedoso y revolucionario.undefined

El otro esquema mortecino de crítica se emparenta con el modo de ser del caciquismo, “si yo le vi con los mocos colgando”. Nada otra cosa indica sino el hecho de que al que supuestamente le colgaban los mocos, hoy le sobran los billetes de a millón para encender un churchill. Sin normalidad, los que ejercen de caciques no aguantan que alguien lleve a cabo una labor prometéica, con resultados heroicos. Un festival como Sonorama Ribera, ha resurgido de sus cenizas en infinidad de ocasiones, desde su primera edición, donde sólo hubo perdidas. Apostó al que se iniciaba en esto de la música, grupos emergentes, y la jugada, ganó. 

El festival crecía y crecía, pero allá, como la sombra del ciprés de Silos, señero, dulce y firme. A la par que se construía a sí mismo, elevaba a las estrellas a los grupos emergentes. Tal éxito, trazó una pátina de esplendor no sólo sobre el festival, también sobre aquellos que lo dirigían, y, en especial, sobre su director. No sólo no se aguantaba, ni se aguanta, que algunos de los responsables del desarrollo del festival obtengan esa pátina, menos que lo alcanzará el director del mismo. undefined

Recuerdan estos críticos negadores de la realidad, a los furibundos denostadores que campan por la película “Jhonny Guitar”, obnubilados por el resentimiento contra Viena por edificar un negocio que ellos nunca controlarán. Sólo cabe levantar a la población contra ella, y quemarle el negocio. Una partida de ejecución avalada por el resentimiento, eso sale en persecución de Viena y Jhonny Guitar, para devolverles a la pobreza, es decir, “a los mocos colgando”.

En Aranda, con el Sonorama Ribera y su director, acontece de manera similar. 

II

Hablemos de las subvenciones que recibe Sonorama Ribera, porque siempre se supone que con las mismas, se enriquecen los integrantes de Art de Troya. Por una parte, reciben del ayuntamiento 80.000 euros y de la Junta de Castilla y León, 20.000 euros. Una cantidad que resulta exorbitante, piensan algunos. 

Si comparamos dicha cifra con las subvenciones que reciben otros festivales comparables a Sonorama Ribera (sí, comprables al que se desarrolla en nuestra Villa) veremos que estas cifras son ínfimas. Por ejemplo, el BBKLive, recibe sólo del Ayuntamiento de Bilbao, 1.500.000 euros (y este año pasado imitó al Sonorama Ribera, proponiendo conciertos por vez primera, en las calles) 80.000 frente a 1.500.000, es una diferencia apreciable, exactamente, 20 veces más. 

Dicho de otra manera, para que tengamos una visión apreciable de lo que supone esa diferencia: con la subvención del BBKLive de un año, se subvencionan 20 años del Sonorama Ribera. Sin embargo, si miramos las cifras de asistentes, andan a la par. 

Tenemos los 110.000 asistentes al último Sonorama Ribera, frente a los 112.800 asistentes al BBKLive. Es evidente que el Sonorama Ribera, con subvenciones 20 veces menores por parte de los ayuntamientos de ambas Villas, consiguen los mismos resultados de asistencia, la misma repercusión mediática, casi los mismos ingresos globales para la población. No quiero imaginar que pudiera conseguir el Sonorama Ribera, si el ayuntamiento de la Villa arandina pusiera la misma cantidad monetaria que el bilbaíno. Además, os quiero recordar que hay que añadir los ingresos por subvención que el BBKLive recibe del Gobierno Vasco, la Diputación Foral de Bizkaia y de la propia BBK, que es un banco. undefined

La subvención nada parca, y no se le niega dicha subvención por parte de ningún estamento público ni privado, si no se lleva a cabo, porque es de cajón de madera de pino y bien las instituciones lo saben, que de morir el BBKLive, desaparece quince millones de euros de ingresos en las venas de la ciudad. Una transfusión importante.

Sonorama Ribera no recibe, como puede verse, ni medio tercio de las subvenciones del BBKLive, pero atrae la misma capacidad económica y ha inoculado en España y en parte del extranjero, un no sé qué, que actúa fidelizando al personal de manera  absoluta, al festival. 

Sonorama  Ribera es adictivo, y arrastra a Aranda con él. Eso sí, una nueva Aranda, que nada tiene que ver con la ancestral y vieja.

Por cierto, ¿os imagináis lo que podría llegar a elevar el festival de Sonorama Ribera  Art de Troya, con sólo recibir la mitad de subvenciones que el BBKLive?

III

Todo el mundo se pregunta que le inocula el Sonorama para que cada edición se plante en Aranda de Duero, una Villa de treinta y tres mil habitantes, y resida en la misma durante una quincena, a pesar de que el festival se desarrolla durante cinco días, unas cien mil personas. undefined

Cinco días que estremecen Aranda, hasta sus tuétanos. Cinco días de riadas de vida, que parecen emergidas de la espuma del Duero, como imaginó Gerardo Diego. Cinco días que nunca se repiten, pues no son de eternidad bobalicona, sino Vida, en el verdadero sentido que requiere esta palabra. Cinco días donde Aranda deja de pertenecer a Castilla e iba a decir que es el Mundo, pero entiendo que es más, el universo por completo. Cinco días como un laberinto de Ascher, donde el tiempo se oculta en un espacio compuesto de mil corcheas. Cinco días donde todo el universo se concentra en un picón sacral.

La respuesta a la pregunta es clara: la Villa de Aranda de Duero, de la mano de Art de Troya, capitaneada por el Director del evento, recupera el espíritu del mundo griego clásico, y convierte a la misma Aranda, en una república democrática, dialogal y enfundada en el conocimiento.undefined

La música es el acto más vital por el que tomamos consciencia de la Vida y de nosotros mismos, en los demás. Repentinamente, Aranda es un lugar donde llamar compañero a la persona que a tu lado abre sus oídos, se queda corto. Más bien hermano, en el sentido que Jesús utilizaba el “agapimú”, ama a los demás como si fueran los demás y te hallarás en ese amor, en ellos.

En estos cinco días que conmoverán al mundo, Aranda se convierte en la ciudad abierta que acoge al peregrino vacío de sí mismo. Una ciudad sin límites pero que es ella misma el límite del Sentido de realidad. Una ciudad que acoge a quien conviene a ella, porque ella es un pensamiento realizado en luz. Una Villa donde rezuman del vino las caricias de la divinidad etérea que la inunda, la Divinidad de las Viñas. Una Villa en la que durante cinco días conmovedores, la música es la sublimación de la vida en ruinas. Cinco días donde Aranda es un río al anochecer repleto del amor excelso que recorre las venas como vino que nos ampara. undefined

Cinco días de universalidad cismundana. Cinco días en los cuales la Vida deja de ser una cuestión fronteriza, y pasa a confesarse como una cuestión de amor.

Cinco días donde los valores son la tolerancia, la asociación, la cooperación y la calidad. Cinco días donde Aranda de Duero es una Villa holística, incesante, intuitiva y donde la Vida se aglutina.undefined

IV

Si Sonorama Ribera no atiende a críticas negativas que pretenden restañar el pasado y por efecto del birlibirloque, conseguir que desaparezca para siempre; si en vez de responder a esas malhadadas críticas, se refugia en el trabajo, en el esfuerzo, en el no detenerse ni ante pandemias ni prodigiosos tsunamis inquisitoriales, demostrando que se puede poner en pie un festival cooperativo, asociativo, de enorme calidad y que atrae al mundo entero, un festival que sublima el dolor con la música que oferta, y que es referente entre todos los festivales, hasta el punto de que se ha generado el lema “ponga un Sonorama en su ciudad”, y de Valladolid a Lugo, de Benalmadena a Elche, lo exigen; si procura abrir la Villa de Aranda al mundo y la convierte en un referente mundial y los individuos quieren venir a ella, ¿por qué no otorgarle la subvención corta siempre para lo que consigue, si este año no pudiera celebrarse por los extraordinarios acontecimientos que vivimos? ¿Por qué convertirnos los arandinos encima en los inquisidores que exigen al ayuntamiento que condene a Sonorama Ribera, a no concederle la subvención? Muy al contrario, debiéramos, con orgullo holístico, pedirle al ayuntamiento lo contrario. Que se le conceda esa subvención, por otra parte, ya presupuestada. Yo así lo pido, con toda la humildad y reconociendo el valor de Art de Troya, y del director del evento, por no detenerse nunca en su trabajo y elevar esta Villa a donde no hay límites.

Que exista el Sonorama Ribera siempre es la manera de luchar contra la crisis y la indefensión que nos provoca, es la manera de generar utopías, de las que tanto se precisan en estos tiempos de realidades mortuorias.

¡Sonorama Ribera, ese pequeño detalle, aparentemente innecesario, pera tan imprescindible!

De perdidos al trío

Sobre el escenario, sudar la gota gorda, implicarse en cada corchea con la familiaridad del hambriento, aunar eléctricos los instrumentos con la voz que “orlea” por todos los ritmos del transcendental baterista, convocar a todos los “daimones” que habitan los insoslayables movimientos que se clavan estupefacientes en las carnes a golpe de baqueta, de semicorchea autónoma, del movimiento impío del dedo procaz sobre la cuerda floja del bajo imperativo audaz, arrasar como un vendaval caribeño con las voces consuetudinarias que sólo aguardan la normalidad breve del sabor seco en la saliva propia con los penúltimos tragos que sólo portan sirenas varadas en rocas serviles, provoca que a quien observa novato, se le abra los oídos a la escucha sincera, los ojos del bultuntún abanto al inefable gorgoteo inconmensurable y etéreo de la voz que aguarda co-implicarnos en su salaz gorjeo dicharachero y petricor.

Así se inicio en su concierto “De perdidos, al trio”. 

Nunca falaz. 

Con su música, sólo en su inicio, asesinan la mentira, lo vacuo, el tiempo perdido y el reencontrado, la compasión apasionada que se presiente en la mirada boba de quien se dedica en la vida a conspirar en favor de la maldad, del poder, a los nueve signos de la hijoputez, a la manía persecutoria, a la envidia que destila el osado coleccionista de los hechos de los demás, el negativo mirar de los que hacen acopio y alardean de sus salidas a cien kilómetros a la redonda, a quien desprende de su mirada lágrimas de incongruencia fatídica.  

Música para la resilencia.

Uno va al central para desasirse de los traumatismos del día a día, para sacarse de encima las heridas que de a poco te van punzando los ridículos fantasmas con el miedo en la media tinta, para ahogar a los desaboridos en las notas que se generan mágicas en su escenario para bandas emergentes, para electrificarse y de paso, dar por electrificadas y desaparecidas a todas las problemáticas conversas que comparecen en este mundo de la envidia y el resentimiento desmoralizador, para que no nos diluyan los ataques de nostalgia, y encontrarse grupos como “De pedidos al trío”, dinamitando a los que muestran en sus manos la cotidianidad viaria, derribando la cultura a secas, a sacas llenas, co-implicando a todo el mundo en una armonía en el centro del río, para que la corriente nos depare una singladura más allá de más allá del futuro, donde sólo es posible el regocijo (no un paseo por lugares reconocibles, siempre convocados por la etérea monotonía) de saber que siempre que se cae, es para luchar por engancharse a la vida de todos, a los otros, que son la verdad. Enrolados, enrollados con cada movimiento envolvente de la música refulgente que asciende en sigilo y sin estridencias al cielo de la teatralidad. No sólo la música sino todos los que escuchan esas notas livianas, que se comportan como alfombras mágicas. En la magia de la música al cielo para explosionar como un fuego de artificio. Escuchando a “De perdidos al trío” hemos sucedido de la realidad y su impostura, al disfrute gozoso de la música que atraviesa la realidad y la desbarajusta en ardid festivo del que se forma parte en explosiva sacudida del propio  y enorme aburrimiento. 

Agur aburrimiento, adíe, goodbye. 

Nadie desea que la música se acabe ni el trío, y persistir todos tan perdidos. Como Alicia, persiguiendo al conejo blanco, creciendo y decreciendo, observando al relojero cano, al floristero calvo, a la cantante que nos envuelve y conmueve con su sencillez de universitaria sin convocatorias.

Que no retorne el frío, que en el trío perdido se conmueve uno mejor.

Música para la connivencia.

Viva Suecia

Algunos tenemos fé

Escribir sobre Viva Suecia es innecesario, su trabajo lo dice todo. 

Nadie podría añadir mucho más a los tres tremendos conjuntos de canciones que han editado hasta la fecha. “La fuerza mayor”, “Otros Principios fundamentales”, “El Milagro”, son los títulos genéricos de sus tres discos, de una impetuosa fuerza arrolladora, un descomedimiento arrebatador, una vehemencia ciega casi fanática. Enrolarse en la intensidad de su música es como inyectarse un pronto de ira auténtica, que se intensifica en el directo. 

El grupo murciano de tifones guitarreros, entre riff y riff, deja una elipsis de tiempo y espacio a quien los escucha, como si en las canciones nos permitieran adquirir memoria del futuro. Los fragmentos que se eliden, comparecen como elementos que conforman esa memoria del futuro. Lo que se elide con eficiencia es al sujeto, y, a todos sus defectos, al pronombre. 

Elidir al sujeto supone que se le presupone como centro de todos los desafectos, la capacidad de no sentir por el mundo de las personas y las cosas la cercanía debida. Lo que vendría a equivaler a vivir el conflicto, en el vórtice mismo de lo que importa, puro aire, subrayado con ese guitarreo enervante. El yo y su pronombre han olvidado todos los propósitos por una fuerza mayor. No es casualidad, por tanto, que tanto el primer álbum como la canción central de este otro, se nombren de la misma manera. Tampoco que, aunque el título sea La fuerza mayor, se anteceda con un “No”. 

Todos los propósitos, que fluyen en todos los trabajos, por elididos, nos permiten escribir sobre Viva Suecia. Fluir es el verbo esencial para describir la música de Viva Suecia. La música fluye como si estos cuatro tipos Rafa Val, cantante, Jess Fabric, bajo, Alberto Cantúa, guitarra, Fernando Campillo, batería, resultasen manantiales de la eterna juventud. Desde Shangi-La, para el mundo. 

Todas las notas que devienen de sus instrumentos conjugados con la voz potente y hermética de Rafa, envuelven de un franco ritmo al mundo contra el fuego que corroe la inteligencia, la belleza y la misma vida (que es a lo que de manera normal la gente denomina juventud, y que pretende que se vaya lo más tarde posible). Lo que está en valor en las canciones de estos murcianos, lo llevan como peso cosido a la espalda, somos hechiceros contra la perdida de esos elementos estéticos. Y este es el gran Milagro, nombre con el que han titulado su último proyecto discográfico, esas once maravillosas canciones que son como una lluvia de fé en las lágrimas que no permiten ver la luz del mar menor. Un prodigio de canciones que, en cascada, nos conducen a la confluencia entre la excelencia y el enajenamiento, lo extraordinario y los estigmas, los amuletos y lo admirable. No podría ser de otra manera, las letras de Viva Suecia suponen la respuesta inusitada del oráculo a no se sabe qué preguntas extrañas que alguien, el otro que nosotros portamos, ha lanzado sin piedad. 

Piedad es el nombre de la elipsis. Piedad se denomina el descuido que se convierte en discusión disyuntiva y de la que, en vez de pedir la política absolución, se busca su afirmación como atajo que nos desatasque. Envolverse en el sincopado ritmo de las guitarras que se despliegan cual velamen en esta imponente navegación épica, es el culto evidente, en el que algunos tenemos fé. Fé, que como se ve, nada ha de ver con la superstición ni con el fideísmo, sino con el equilibrio que proporciona la música y, por ende, las canciones, lo único por lo que merece la pena iniciar una liturgia para que nos proporcione a todos lo que nos merecemos. No estéis taciturnos, que esta elipsis no significa silencio, sino más bien despliegue con disimulo para prescindir de todo aquello que nos omita de la imaginación. La fé que refiere el disco, que no si no, el convencimiento de que siempre se puede aguardar por la verosimilitud entre nosotros y la vida. 

Ese yo que se busca desde la primera canción de La fuerza Mayor acaba encontrando un vórtice donde amalgamar su Vida, la fé d esta manera entendida. No se detiene, que es preciso culminar la ascensión a otros vórtices y queda camino, que no podemos permanecer siempre en la valentía de la barrera. De momento, quedan estos tres trabajos de unidad, que nos alienta a continuar, con la rabia precisa, adelante, a otros vórtices. No hay otra manera de asentar la búsqueda de ese yo, quizá, en este caso, de ese nosotros grupal en Viva Suecia. 

Armemos la búsqueda, nos aconsejan Viva Suecia en su disco, desde los días amables que nos permite la Fé y guiados de un “timón holandés”.

Arde Bogotá

Todo estaba preparado para que sonara en The Cavern, en Aranda de Duero, un grupo nuevo. Nadie sabía nada de su trayectoria y menos su nombre, salvo la salva información de que sólo habían grabado un tema (este mismo que ahora suena en bucle en mis oídos, tan separados del suelo), uno sólo y que había interrumpido el tiempo del tiempo y el inmenso espacio como si se trataran de un suceso en el horizonte del mismísimo big bang. 

Sin nombre no hay descripción posible, así que ellos son Arde Bogotá, son de Cartagena Murcia, y entran mejor por detrás. Arde Bogotá y las cenizas no son un desastre, que son puro amor y futuro. 

Arde Bogotá son Antonio García (voz y guitarra), Pepe Esteban (bajo), J. Ángel Mercader (batería) y Dani Sánchez (guitarra). Y son de absolutos, distintos; y por completo originantes. 

La voz de Antonio, una voz de las que se oyen a la primera y se la nota levitadora. Una voz rasgada en la laringe pero que se clarea en la cavidad bucal, de donde emerge aérea o antiaérea, porque ya ha vencido cualquier resistencia posible a la audición que pudiera insistir en taponar el conducto auditivo. Exacto, hace estallar cualquier obstáculo que, como inconveniente, insistiese en hacernos infelices. 

Una voz que posee memoria del futuro. Allí otras voces se allegaban a cumplir con el trance de siempre, establecer semejanzas posibles con las mismas. Sin embargo, ese estiramiento de la frase en la declinación para que todas y cada una de las sensaciones que desea transmitir la voz se detengan en el aire y se prendan por la totalidad del cuerpo de todos y cada uno de los presentes y los ausentes, una voz que nos alcanza a todos con ráfagas de extraña demora. Una voz que pretende hacer asumibles la piezas de un mismo rompecabezas comprado en distintas épocas y que ha de componerse en el mañana. 

Una voz que trasiega las desgarradas guitarras que lo acompañan en una cascada de aplomo, permitiendo un sedimento de ulteridad que todos nos llevaremos en la suela del zapato, y se esparcirá al mundo. Sin duda, se esta suturando esa brecha generacional que Arde Bogotá pretende resolver, absorviéndola en  su ritmo y envolvernos en el mismo, y que nos entre por detrás, y nadie se quede en el suelo. Saltad, saltad, malditos. Que todos nos alcancemos y evitemos los dardos que esa brecha va esparciendo a su vuelta. Unas guitaras que abrasan a la corta y a la larga, que, aunque retardan la resolución, evidencian que todo lo que subrayan en el escenario no es quimera. Quizá prodigio, excelencia.

Y a estas alturas, todos enajenados por el oráculo que baqueteaba sobre toms y golliat y platos reverberantes, que al fondo nos conducía a todos al transmañana que se halla a la vuelta de todas las brechas, que se han lacrado en esta bodega futuraria. La batería, que relanzaba la voz, que en recirculación, arma a la batería y la juramenta con sus extensiones silábicas y con los mástiles de esas guitarras como amuleto prodigioso.

Son un todo individualizado.

No ha habido final, nos hemos quedado disueltos en cada una de las notas que se han expuesto hoy certeras y que se extendían en la expectante voz de Antonio, una voz con destino en lo que nadie ve, en ese hermético penúltimo riff que jamás se acaba. No ha habido final, ya sin penas, nos vemos nevados con los tiros certeros en el fondo de nuestra conciencia limpia. No ha habido final, extasiados en el magma de la voz que nunca alcanzaremos pero que nos indica que vamos por la senda adecuada.

Arde Bogotá y quedan los rescoldos para que los pisemos y nos tatúe en la piel nuestras canciones son vuestros ángeles. Y no, no podemos equivocarnos.

Mastodonte

No era un día cualquiera, al llegar agosto las melodías puntean los días. No es un lugar cualquiera, allí donde el mundo reverbera con su propio brillo musical, lugar de libertad y fusión, la ciudadanía planetaria expresa, Aranda de Duero, Sonoaranda de Troya, transmutada. 

Es la primer tarde noche de su transfiguración y como ineluctable modalidad de lo visible, la luna llena ilumina a toda alma que se concentra en el lugar de la transfiguración. Al frente de todas estas criaturas, en el escenario se configura la oscuridad, turquesa matriz del mundo. Como un susurro inopinado nos inunda la rotura de aguas sangrienta de la madre del mundo a todos los presentes, inesperado. Un susurro que se metamorfosea en grito indeleble, que se altera en lloro, el renacimiento de una criatura mítica, inalterado misticismo de la Vida. 

Con la sorpresa en la mirada, todos asistimos atónitos, cariacontecidos, a la emergencia sobre las tablas figurativas del escenario de una criatura miticismo místico, un Mastodonte. Hasta la desfiguración que provocaron bajo la luna llena de los incautos asistentes, no los conocía. Comparecían ante el público recién triturado como novedosos y originales en sus planteamientos musicales. Mastodonte, recién eclosionados desde lo ctónico. Mastodonte son Enrico Barbaro y Asier Etxandía, y viceconversa. 

Todo se inicia con este grito ctónico, simple, natural, telúrico, que nos enfrenta con la tristeza del mundo, el hastío que nos rodea en lo cotidiano. En realidad esa tristeza surge con posterioridad a la luminosidad de los cantos de sirena, nos enmudece con su invitación a la lujuria, a la lascivia. Nos enfrenta para convencernos de la necesidad de abandonar ese mundo luminoso, donde se invita a la libertad formal, a lo esente presente, a la ley, a la conformidad, al espacio, al día, a la claridad. Una perfecta invitación a la medida, a lo patriarcal. 

El grito sanguíneo, sanguinario incluso, procura lanzarnos a lo informe, lo monstruoso. La música como estremecimiento de este mundo y senda de sentido a la familia – clan. Fijaos en los tatuajes de elementarismo retroprogresivo que portan los integrantes del grupo en sus frentes, de raíces de socialismo tribal. Escuchad la música produciéndose sobre el escenario de una manera dinámica y cíclica. Un juego de viajes, virajes, huidas, del aburrimiento del mundo colmado de gente enmudecida a través del único y reverente vehículo, la música llevada a la palabra para que reverberé en las cornucopias de los que asisten atónitos al otro lado del escenario, arrobados.

Tras el grito sanguíneo de improvisación melódica,  de renacimiento y no de llamada, se inicia la singladura, una invitación al viaje a través de la potencia material, por la libertad como necesidad, el ritualismo, lo auditivo. La música es el vehículo con el que alcanzaremos nuestro destino, nuestro sentido. Un viaje desde el mundo fluido de la realidad cotidiana, el mundo de la liquidez en aburrimiento, a la esencialidad firme del líquido reverberado por la música, el glacial. Todo sucede en el paso de ese grito sanguíneo caótico de renacimiento al grito coral colectivo que nos liga a una identidad grupal. Un grito estructurado con el que rompemos con el deber, con la disyunción yo/sociedad. Un grito con el que descubrimos el desarraigo en el que nos desencantamos, que nace de la legalidad que nos refugia. Un grito para romper con esa legalidad, con la autoridad paternalizada, la libertad formal. Una llamada a la diosa madre y su amor diferenciado, concreto y asuntivo, no pide nada a cambio. No hay otro igual. Un amor donde se iguala la sexualidad porque es de una sensibilidad ilimitada. Todo verbalizado en una ritualidad sin normas éticas. No hay parentescos, que todo se produce sobre el fundamento de una hermandad de valores transpersonales. No hay valores sólo asociados a la personalidad individual sino surgiendo de lo colectivo, de la fatría. 

Y no hemos hablado aún de la puesta en escena, de la mise en escene. Es una misa sacral de religación con la madre tierra y de ahí, con los demás individuos indistintos. Es un akelarre.

Un akelarre de música y baile, de conversiones materiales. De discrepancias. De vueltas y revueltas. De retornos a lo oscuro, al útero materno, al tiempo detenido. Una búsqueda de lo que nos identifica con lo que delimita, con la idea,con el heroísmo. Danzar la fijación,  el racionalismo, la universalidad para reconvertirlo en elementos no verbales inteligibles a nivel familiar. No otra cosa es este inmediato arraigo a lo musical y a la danza que la destrucción de lo paternal legal para retornar a lo matriarcal asuntivo. Una música que golpea el mundo para no reprimirlo y darlo a quien observa. 

La música de Mastodonte nos envuelve, revuelve, nos incita a combatir a la luz con el estruendo de la danza. Una danza en la que nos abracemos sin tocarnos porque somos un sólo cuerpo. 

El retorno a la madre como divinidad. 

Y la música persiste en la totalidad del concierto, mujer omnipotente, igualdad de sexo, fatrías, identidad grupal, ritualismo, valores transpersonales, existencia concreta, libertad necesaria, que es como la danza que Asier Etxandia genera con su cuerpo verbal actuando como un mastodonte. 

Este devenir de la música y de la danza nos deja exhaustos al final de la noche, nada para en la generación del cosmos totémico. Melodías que emanan de un nuevo par de ojos que miran la vida para hacer fuerte y lento el sentido, el principio femenino de la vida.

La música como el mar que nos invita a nadar/danzar para salir y romper nuestro nombre represivo inidentitario.

A día de hoy, seguimos exhaustos y religados a la voz de Asier Etxndia y como canta él mismo, “desde que probé de ti, ya no puedo consumir nada que no seas tú”. A día de hoy, nos alegramos en un mundo auditivo y dinámico, que decimos entre todos. 

Profundicemos aún más. Silbad. Danzad, sin parar el ritmo. “Arder para ser luz”.

Maidon

Maidon es el proyecto personal del músico soriano Aldan Torres al que contacté través de las redes sociales. Nada sabía de este proyecto, hasta que amanecí en la página https://www.maidon.co.uk, donde dan a conocer su proyecto.

Maidon es un proyecto musical afincado en el Reino Unido, en Londres, en la cuna de la música popular y de sus múltiples desarrollos. Ese es el motivo que me produjo que, al escucharles, pareciese su música un desarrollo apropiado que emergía al mirarse en el espejo de los grupos de esa isla espectacular. 

La claridad melódica de David Bowie enaltecida en las formas suaves y elegantes de Bryan Ferry, la inolvidable humildad de Robert Smith y el eco acústico de los Beatles como una patina de transparencia musical, reverberan en cada canción de este proyecto de Maidon. Una búsqueda de una manera propia de hacer música que, como a Prometeo, le lleva hasta las salvíficas islas británicas desde tierras sorianas, al encuentro de su propia autenticidad y que se encarne en sus canciones.

Claridad, transparencia y autenticidad es lo que destacan en las canciones de este proyecto musical, al que nos encantaría ver en directo, porque seguro que suenan como la flauta de Pan en un día de claro de bosque. 

E inocencia, la misma que demuestra Prometeo en su robo del fuego. Quizá estos años en Inglaterra, haya consistido precisamente en ese robo, perpetrado sobre la historia de la música popular de la isla durante los dos últimos años. Por cierto, con una gran repercusión en las redes. Sus canciones, acumulan más de setecientas mil reproducciones en la red spotify. 

Y originalidad. Tras estos años de aprovechamiento y desarrollo nos inunda melódicas unas canciones originales.

Canciones que se convocan con vocación de razón de ser vital, fundamento y fundación de algo novedoso. Maidon, es genitivo, e indica la materia con la que está hecha una cosa. Me encanta el nombre, precisamente por ello, por esa referencia al fundamento, a la raíz, al cimiento. Consistiendo ellos mismos en cimiento.

“All is on your mind”, es de una simplicidad meridiana, de una claridad aplastante. El juego de guitarras en la mañana, tras la noche, te atrapa de inmediato. La melodía tiene una intencionalidad terapéutica y las letras un veludillo de terciopelo. Envuelve con la elegancia en el vestir de Bryan Ferry. Suena suave pero a la vez consigue que los velos de la realidad vayan desmorándose uno a uno, labrando cendal a la vida misma.

“The waiting”, es una espera humilde por el amor, de una pureza opalina en su melodía, que calca la irrealidad del amor en su hermosa espera. Un estribillo que se clava como la flecha de cupido en nuestros oídos, la completa en su redonda verdad.

“Say no”, es la necesidad de la ataraxia ante esa realidad externa amarga que siempre pretende humillarnos, que nos acosa para que exclamemos habemus dominum, tenemos señor al que alabar. Terrible pero la sociedad actual del siglo XXI, se ha convertido en aquella en la que todos ansían dos cosas, que se le justifique y que se ele alabe. Es preciosa esta canción porque nos expone este hecho y nos da la esencial contestación. No. Di no, recordar a todos estos que pretenden sus gramos de justificación de su reinado, que no es así.

Su segundo EP, contiene tres canciones aún mejores que las anteriores si cabe. 

“London4love” es una canción con el piano marcando el camino, percutiendo a la vez suave y fuerte, para cantar sobre el amor armónico a una ciudad inmarcesible. Las vibraciones de Londres consiguen que comparezca una nueva belleza en las canciones, una resonancia cromática que vibra incomparable.

“Crystal vase”, es el lugar donde se guarda todo aquello en lo que se cree, y se puntea subrayado con la guitarra, para recuperarlo en cuanto se precise.

“Outer space”, la mejor canción, ya que no sólo mantiene claridad y autenticidad, sino que ese coro de niños amplificando el estribillo, es la encarnación de la inocencia musical. Ese espacio exterior donde vivir, donde crear, como cápsula desde donde lanzar las canciones para que todos podamos allegarnos allí. 

Tengo que decir que su música es excelsa por esos toques de autenticidad, inocencia. De inolvidable humildad, esa que pretende decir hasta aquí lo he dado todo, aguardo vuestro disfrute. Nada sería más espectacular ahora misma que poder escucharla en directo, lugar donde se disfruta realmente la música.

Shinova: un toque de prestidigitación

Shinova es una banda de directo emocional, toda la energía que generan va directa a lo más somático y visceral que se halla en nuestro sistema límbico; y despiertan al placer sin espejismos. 

Con la totalidad del escenario sin ellos, sólo con los instrumentos a la espera de que sean ejemplares de participación, de comunión plena y eterna, se pueden intuir las láminas de magia que conmocionaran al bulbo olfativo, que desmoronarán a las encrucijadas, serán pistas en los senderos que conducen a la señal real que provoca la luz a ráfagas de visualidad plena, nos conducirán muy lejos, donde las proezas son carne y hueso.

No los estamos descubriendo, que ya lo lograrón ellos bien repletos de sinceridad, en lo que constituyó su cuarto álbum de estudio, presentándolo en un directo de conmoción, con todas las evidencias, en el año más eclipsado de nuestras vidas, un año de lunas de sangre. 

No los estamos descubriendo, son intensos, transmiten una potencia aumentada por cinco componentes en el área en la que ejecutan sus épicas canciones que es perpendicular a la emoción de quien escucha, de manera tal que al fin y a la postre, se propaga la energía ahí contenida al mismísimo corazón de la Vida en emergente memoria. Suenan intensos, y su música tienen esa cualidad de extenderse hacia dentro, hacia las vísceras, que es lo que tenemos dentro. 

Una música visceral: una música hepática y pancreática, sanguínea y aprovechadora de todos los nutrientes que reposan en la memoria repleta pero caótica de quien escucha. Una música que revuelve y devuelve a la luz a todo el sexo tormentoso que se produce mirando al horizonte inconmensurable desde el cabo Finisterre. 

Una música que nos aproxima a todo lo que se encuentra más allá del fin del mundo.

Ahora tienen magia, prestidigitadores de partitura sin pandereta. Notas de teúrgia en tropel, desenmascarando al tedio. Un arte angélico poblando los garitos cubiertos de polvo y telarañas, proviéndolos de espantanublados. Dadores de abracadabras, de abraxas, creadores de cuadriláteros mágicos para boxeadores, cuyos croches y upercuts son melodías de varitas mágicas nosománticas. Nos umbilican a ellos.

Mezcladores de embrujos y prodigios para crear un bebedizo hechizador de injurias y malevolencias, de impertinencias y desamparos, de padrinismos y alcahuetería. Notas que emergen ya del escenario, que lo ocupan con la solvencia de quien se asienta diestro artista legendario, conjuro contra el mal humor, la mala leche y el desencanto y la dependencia. Melodías contra el oxiacanta.

Ceremonia procesional del ofrecimiento, de la confianza. Ilusión que no es espejismo, una invitación cada melodía a asomarse la buena ventana, en un castillo que no es de naipes. No hay atisbo en sus canciones de errores y engaños. Siempre hay sol en las bardas, un sol que se observa desde el banco más acrobático del cabo Finisterre.

Deleitables melodías que nos aproximan a la fantasmagoría del fin del mundo.

Sus conciertos suponen la extracción del elixir profundo y vaporoso del alma individual, de la conciencia en expansión por el aire donde reside la fuerza vital que retorna al espíritu armónico. Extraer la magia de la realidad, dar visos de verosimilitud a la totalidad alquímica anterior, a la interna irracionalidad impulsiva. Una adivinación poética que se promulga en una navegación profética que se expande en navíos estáticos por océanos intemporales. La crudeza ética de la realidad mágicamente connotada en la épica perceptiva de la inversión cronológica. La presencia intuitiva de la ausencia de tiempo en las relaciones amorosas donde los tiempos del tiempo se entremezclan en la idealidad del pensamiento extremo. 

Sus conciertos tan reales se transmutan en una inversión fantástica y más plena, donde todo es posible más allá de su probabilidad constitutiva. Desde alquilar los paisajes del mundo para acertar con la escena perfecta hasta envolverse en estrellas fugaces para bailar entre las llamas. 

Sus conciertos, entre miradas concedidas desde el espíritu, consiguen destruir la vulgaridad que emergen de los días que todo el mundo idealiza en fotografías sin resplandor. Un grupo con resplandor, que consiguen transportarnos a la luna de agosto, esa que brilla sin reflejo en el océano atlántico, justo ante la punta de oídos. 

Todo es épico entre los redobles de la batería hasta la voz de Gabriel, desgranando un mensaje en el shock de la gravedad cero.

Luces, cámara, acción, sólo es necesaria una sola razón para cambiar el mundo: asistir a la música en concierto de este grupo de épica esplendorosa.

Flanagan de luxe

Creo en Flanagan, no soy un vampiro; y eso que hasta no ha poco lo era. 

Creo en Flanagan, la banda musical que lidera Vic, como voz de pincel que pinta el aura de las personas con su garganta de explosivo y burbujeante esplendor. 

Creo en Flanagan, porque se han dedicado cada día de su vida a hacer aquello en lo que creen y es muy difícil que nadie nunca pueda echar abajo lo que han forjado hasta el día de hoy; y lo que les resta, porque no han construido aún sino las zapatas de lo que van a edificar. 

Creo en Flanagan, sé que no juegan a ser músicos ni a hacer canciones; simplemente, son músicos excelsos y permanecen comprometidos con conseguir excelentes canciones, que nos permitan explorar el universo de las emociones controvertidas.

Creo en Flanagan, el dador de los poemas que se elevan a la libertad que proponen las crisálidas que aguardan sin temporalidad su definitiva eclosión, mientras al resto del mundo, a los que nos detenemos ante su capacidad de detener el tiempo, que nunca es demasiado tiempo, nos guían por las preguntas imprescindibles para poder eclosionar al mismo tiempo que sus notas cuando diluyen el espacio.  Este Flanagan que a través del tiempo y el espacio detenidos, sin prisa, con prosa, se convertirán en Flanagan de luxe.

Creo en Flanagan, y con ellos, en la pista de atletismo que es el mundo, con su música, que convierto al mundo en algo favorable, me rompo en pedazos, porque toda la vida se vive para una única función, no quedarse rezagado y esprintar de forma brutal ante la visión de la meta, pero sólo ante la visión de la meta; para llegar hasta ese instante es necesario reforzar eficientemente la propia integridad. Malditos aquellos que ofertan, con sonrisa de farol, la cima del mundo  en su instante en el que nos obnubilan. Dispara contra ellos las letras de Flanagan y la voz de Vic de la desesperación  monocroma y los planes perversos. De esta manera, aprendemos a no pedir sardinas fuera de temporada.

Creo en Flanagan, en sus canciones escritas en un diario de tapas rojas, donde se guarda todo aquello que a conseguir que el Mundo hierva y se imponga la contundencia de su golpeo rítmico, de sus rasgueos con reverberación de mil soles, ecos de los reencuentros de las risas en cascadas, de la innecesaria repetitividad de ese hoy de engaños: la música de Flanagan consigue hacer explotar las mentiras y deja al embaucador inquieto, a pesar de que éste, modifique hasta el orden del nombre: alfagannn. Venga ya, ¡Flanagan! Así, con todas las letras en su orden adecuado.

Creo en Flanagan, porque no ha vuelta atrás, no hay flahsback mortuorio, hay sólo una necesidad de perpetrar un futuro impresionante pero anclado en los recuerdos de infancia, que consiguen que no te precipites al esplendor del octavo mandamiento.  Sin vuelta atrás, pero pero paso a paso, en la necesidad de observar con adecuada mirada de un niño de ojos abiertísimos, todo lo que ocurre, toda la deleitable modalidad de lo visible, que descubrimos que no es ineluctable.

Creo en Flanagan y os animo a que vosotros así mismo os lancéis a no lavaros las manos para que conservéis las notas de la voz de Vic per saecula saeculorum, la inocencia de su modulación y el tránsito determinativo de su andar con tino y de giro en giro, en plan perverso.

Y siempre por la curiosa manera de ver la realidad. Nunca en la ruindad, en el placer de buscar un eclipse.